viernes, 13 de mayo de 2011

Algunos autores frente a la globalización

El temor a la americanización del planeta tiene mucho más de paranoia ideológica que de realidad.  No hay duda, claro está, de que, con la globalización, el impulso del idioma inglés, pues ella es un instrumento indispensable de las comunicaciones y transacciones internacionales. ¿Significa esto que el desarrollo del inglés tendrá lugar en menoscabo de las otras grandes lenguas de cultura? En absoluto. La verdad es más bien la contraria. El desvanecimiento de las fronteras y la perspectiva de un mundo interdependiente se ha convertido en un incentivo para que las nuevas generaciones traten de aprender y asimilar otras culturas (que ahora podrán hacer suyas, si lo quieren), por afición, pero también por necesidad, pues hablar varias lenguas y moverse con desenvoltura en culturas diferentes es una credencial valiosísima para el éxito profesional en nuestro tiempo. Quisiera citar, como ejemplo de lo que digo, el caso del español. Hace medio siglo, los hispanohablantes éramos todavía una comunidad poco menos que encerrada en sí misma, que se proyectaba de manera muy limitada fuera de nuestros tradicionales confines lingüísticos. Hoy, en cambio, muestra una pujanza y un dinamismo crecientes, y tiende a ganar cabeceras de playa y a veces vastos asentamientos, en los cinco continentes. Que en Estados Unidos haya en la actualidad entre 25 y 30 millones de hispanohablantes, por ejemplo, explica que los dos candidatos, el gobernador Bush y el vicepresidente Gore, hagan sus campañas presidenciales no sólo en inglés, también en español.

¿Cuántos millones de jóvenes de ambos sexos, en todo el globo, se han puesto, gracias a los retos de la globalización, a aprender japonés, alemán, mandarín, cantonés, árabe, ruso o francés? Muchísimos, desde luego, y ésta es una tendencia de nuestra época que, afortunadamente, sólo puede incrementarse en los años venideros. Por eso, la mejor política para la defensa de la cultura y la lengua propias, es promoverlas a lo largo y a lo ancho del nuevo mundo en que vivimos, en vez de empeñarse en la ingenua pretensión de vacunarlas contra la amenaza del inglés. Quienes proponen este remedio, aunque hablen mucho de cultura, suelen ser gentes incultas, que disfrazan su verdadera vocación: el nacionalismo. Y si hay algo reñido con la cultura, que es siempre de propensión universal, es esa visión parroquiana, excluyente y confusa que la perspectiva nacionalista imprime a la vida cultural. La más admirable lección que las culturas nos imparten es hacernos saber que ellas no necesitan ser protegidas por burócratas, ni comisarios, ni confinadas dentro de barrotes, ni aisladas por aduanas, para mantenerse vivas y lozanas, porque ello, más bien, las folcloriza y las marchita. Las culturas necesitan vivir en libertad, expuestas al cotejo continuo con culturas diferentes, gracias a lo cual se renuevan y enriquecen, y evolucionan y adaptan a la fluencia continua de la vida. En la antigüedad, el latín no mató al griego, por el contrario la originalidad artística y la profundidad intelectual de la cultura helénica impregnaron de manera indeleble la civilización romana y, a través de ella, los poemas de Homero, y la filosofía de Platón y Aristóteles, llegaron al mundo entero. La globalización no va a desaparecer a las culturas locales; todo lo que haya en ellas de valioso y digno de sobrevivir encontrará en el marco de la apertura mundial un terreno propicio para germinar.

Mario Vargas Llosa

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